En una semana seremos testigos de la reestructura más importante del Estado mexicano desde 1994; la Reforma Judicial es una realidad, serán “elegidos” más de 800 jueces, magistrados y ministros. Llevo semanas pensando si vale la pena o si sirve de algo participar en la elección judicial. Creo que no.
La reforma es parte de una trama política que tiene como único objetivo la captura de las instituciones y su sumisión ante el partido en turno. En resumen: el “Plan A” consistía en una reforma constitucional que no logró la aprobación del Congreso; el “Plan B” pretendía lograr lo mismo mediante la modificación de leyes (para lo que sí tenían los votos suficientes), pero la Suprema Corte lo invalidó.
Con la excusa de “acabar con la corrupción y hacer justicia”, se construyó una reforma para destruir al Poder Judicial como revancha por la invalidación del Plan B y otros proyectos abusivos. Así lo dijo claramente el expresidente y lo bautizó como el “Plan C”.
No solo es una venganza política, es una simulación disfrazada de elección democrática. Es un proyecto construido al vapor violentando todo tipo de reglas y cordura: consiguieron una mayoría extorsionando a un senador y persiguiendo a la familia de otro, preseleccionaron candidaturas afines que ahora promocionan desde el poder, los votos no valdrán lo mismo.
La reforma no solucionará el problema de (in)justicia que vivimos. No toca a las fiscalías ni a las policías; no cambia los procedimientos que tardan años en resolverse; no facilita el acceso de los ciudadanos al sistema. Solo sustituye a jueces de carrera por otros afines al poder en turno.
Más aún. Esta reforma elimina, de golpe, la independencia judicial necesaria para que los jueces protejan a los ciudadanos de los abusos del gobierno. Si el movimiento mayoritario controló las candidaturas y el proceso, ¿a quiénes le deberán el favor los jueces? Si el movimiento mayoritario decide abusar de las minorías ¿qué juez se atreverá a impedirlo?
Por eso no iré a votar el próximo domingo. No es la reforma que necesitamos y no una elección democrática. Es la captura de las instituciones por un grupúsculo de vulgares ambiciosos.
No participaré en esa farsa.

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