Es cierto. Nos tardamos en entender. El agravio que millones de mexicanas y mexicanos sentían ante un sistema que no atendía sus necesidades. Un sistema que se escudó en la técnica, en la administración detrás de un escritorio que limitaba la comprensión de los días cotidianos de una persona. La administración sobre la sensibilidad, el legalismo sobre la justicia.
El Estado mexicano, sus instituciones y las personas que lo integran tardó en entender y ajustar sus políticas y acciones a la realidad de un México desigual. La ambición por conseguir instituciones, normas y procedimientos anhelados por la transición nubló el objetivo de la democracia misma: llevar soluciones a todos los rincones del país.
Era de esperarse que los agravios se expresaran, que la frustración ganara elecciones; aunque ello implicara el desmantelamiento de un estado que brindó pocas satisfacciones a la mayoría del país.
Ni la oposición ni la sociedad lograron aquilatar una respuesta coherente. Un proyecto de nación que hiciera germinar una esperanza proveniente del futuro posible, no de un mítico pasado que excita la nostalgia.
Serán, por lo menos, doce años de reflexión y despertar. De pasar de una crítica amarga a una propuesta activa. Las ONGs y los medios no pueden ser el único camino, es fundamental la organización política partidista. La única forma de hacer que México cambie es participando en su reconstrucción.
Critica y debate. Siempre.
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